CONTENIDO LITERAL

(Fragmento de "Dirk Gently: agencia de investigaciones holísticas", novela de Douglas Adams. Derechos de autor 1987, Douglas Adams)

1
Esta vez no habría testigos.
Esta vez sólo había la tierra muerta, un trueno y el inicio de la suave y monótona llovizna del nordeste que parecía acompañar tantos acontecimientos importantes del mundo.
Habían cedido las tormentas de la víspera y del día anterior, al igual que las inundaciones de la semana precedente. El cielo aún seguía henchido de lluvia, pero todo lo que caía ahora era una especie de chubasco monótono.
El viento barría la llanura en penumbra, vagaba por las bajas colinas y soplaba por un estrecho valle en el que una estructura, una especie de torre solitaria, se erguía en una pesadilla de fango e inclinación. Era el muñón renegrido de una torre. Parecía una efusión de magma surgida de uno de los más pestilentes pozos del averno, y se inclinaba formando un ángulo extraño, como presionada por algo mucho más tremendo que su enorme peso. Era como algo muerto, fenecido siglos atrás.
El único movimiento era el de un río de lodo que discurría perezosamente por el fondo del valle junto a la torre. Un kilómetro más allá, el río caía por un barranco y desaparecía bajo tierra.
Pero a medida que las sombras del atardecer se espesaban, resultó que la torre no carecía por entero de vida. Una mortecina luz roja brillaba en sus recintos más recónditos.
La luz apenas se distinguía; claro que no había nadie para verla, pero de todos modos era una luz. Cada pocos minutos crecía y brillaba algo más, para luego debilitarse gradualmente hasta casi desaparecer. El viento traía al mismo tiempo un sonido bajo y agudo que, lastimero, llegaba a un punto culminante para luego desvanecerse.
Pasó el tiempo y luego apareció otra luz más tenue, que se movía. Surgió de la parte baja y ascendió a sacudidas por el fuste de la torre, haciendo alguna pausa en el camino. Después, la luz y la vaga silueta que, según pudo observarse, la portaba, desaparecieron de nuevo en el interior de la torre.
Transcurrió una hora y, al cabo, la oscuridad fue completa. El mundo parecía muerto, la noche era un vacío. Y el resplandor surgió de nuevo en lo alto de la torre, esta vez aumentando decididamente su intensidad. Rápidamente llegó al punto de fulgor que había alcanzado antes y siguió aumentando sin parar. El sonido agudo que la acompañaba subió de tono hasta convertirse en un grito de queja. El chillido continuó sin pausa antes de transformarse en un ruido cegador y la luz en un resplandor ensordecedor.
Y entonces, bruscamente, ambos cesaron.
Durante una milésima de segundo reinó una silenciosa oscuridad.
Otra luz, pálida y sorprendente surgió ondulante de las profundidades del fango, al pie de la torre. El cielo se encogió, tembló una montaña de barro, tierra y cielo intercambiaron gritos, apareció un horrible color rosado, un verde súbito, un prolongado naranja que manchó las nubes y, entonces, la luz desapareció y la noche quedó por fin envuelta en una profunda, espantosa oscuridad. No se oía más que un suave tintineo de agua.
Pero por la mañana el sol salió con un inusual brillo en un día que era, o se anunciaba, si hubiera habido alguien para anunciarlo, más cálido, claro y radiante: un día mucho más alegre que todos los que se habían conocido hasta entonces. Un río de cristalinas aguas corría por los destrozados restos del valle. Y el tiempo empezó a transcurrir en serio.


2
En lo alto de un promontorio rocoso se erguía el Monje Eléctrico a lomos de un caballo aburrido. Bajo la capucha de áspera estameña, el Monje tenía la vista fija en otro valle, el cual le planteaba un problema.
Hacía calor. En un cielo vacío y neblinoso, el sol se desplomaba sobre las rocas grises y sobre el césped escaso y reseco. Nada se movía, ni siquiera el Monje. El caballo agitaba el rabo azotando levemente el aire con ánimo de moverlo un poco, pero eso era todo. Nada más se movía.
El Monje Eléctrico era una máquina para eliminar electrodomésticos, como un lavaplatos o un vídeo. Los lavaplatos limpian aburridos platos, ahorrando las molestias de lavarlos uno mismo; los vídeos ven aburridos programas de televisión, evitándole a uno la tarea cada vez más tediosa de creerse todo lo que el mundo espera que uno se crea.
Lamentablemente, aquel Monje Eléctrico tenía un defecto: había empezado a creerse toda clase de cosas, más o menos al azar. Incluso empezaba a creerse cosas que resultaban difícilmente creíbles en Salt Lake City. Por supuesto, nunca había oído hablar de Salt Lake City. Tampoco había oído hablar del quinguiguillón, que es aproximadamente el número de kilómetros que separaban aquel valle del Gran Lago Salado de Utah.
Este era el problema que planteaba el valle. En aquel momento, el Monje creía que el valle y todo lo que había en él y en sus alrededores, incluidos el propio Monje y su caballo, tenían un uniforme tono rosa pálido. Esto explicaba cierta dificultad para distinguir una cosa de otra y, por consiguiente, impedía que hiciera algo o que se marchara a parte alguna, o al menos hacía difícil y peligrosa cualquier actividad. De ahí la inmovilidad del Monje y el aburrimiento del caballo, a quien le había tocado aguantar un montón de tonterías en su época pero que en secreto mantenía la opinión de que aquélla era la más absurda de todas.
¿Desde cuándo creía el Monje tales cosas? Pues, por lo que se refería al Monje, desde siempre. La fe que mueve montañas, o que al menos hace creer contra toda evidencia que son de color rosado, era una fe sólida y permanente, una inmensa roca contra la cual ya podía el mundo lanzar lo que fuese, que no se conmovería. El caballo sabía que, en la práctica, la fe del Monje solía durar veinticuatro horas.
Pero ¿qué pasaba con ese caballo, que podía tener opiniones y se mostraba escéptico acerca de ciertas cosas? Extraño comportamiento para un cuadrúpedo, ¿verdad? ¿Acaso era un caballo raro?
No. Aunque era un bello y armonioso ejemplar de su especie, no por ello dejaba de ser un caballo completamente normal, un producto convergente de la evolución que se encuentra en muchos lugares donde hay vida. Los caballos siempre se enteran de muchas más cosas de lo que dan a entender. Resulta difícil que otra criatura los monte durante toda la jornada, cada día, sin que se forme una opinión de ella. Por otro lado, es perfectamente posible montar toda la jornada, día tras día, sobre otra criatura y no pensar en ella ni un momento.
Cuando se construyeron los primeros modelos de aquellos monjes, se consideró importante que se reconocieran a primera vista como objetos artificiales. No hubiese habido peligro alguno en que tuvieran el aspecto de personas de carne y hueso. Pero uno no querría que su vídeo estuviera todo el día tirado en el sofá, viendo la televisión. No sería deseable que se hurgara en la nariz, bebiera cerveza o mandase a alguien a buscar pizzas.
De manera que al construir los monjes se pensó en algo original y que en la práctica fuese capaz de cabalgar. Esto era importante. Las personas, y también las cosas, parecen más honradas a caballo. Así, se consideró que dos piernas eran más convenientes y más baratas que diecisiete, diecinueve o veintitrés, los números primos más normales; se dio a los monjes una piel rosácea en vez de púrpura, lisa y suave en lugar de granulosa. Asimismo, se les limitó a una sola boca y a una nariz, pero en cambio se les confirió otro ojo, con lo que sumaron dos en total. Una criatura verdaderamente extraña, pero magnífica para creerse las cosas más ridículas.
Aquel monje empezó a ir mal cuando le dieron demasiada información para creer en un solo día. Por error, lo habían conectado con un vídeo que veía once canales de televisión a la vez y eso le propulsó a un banco de circuitos ilógicos. Claro que el vídeo sólo tenía que verlos. No debía creérselos también. Por eso son tan importantes los manuales de instrucciones.
Así que, tras una febril semana de creer que la guerra era paz, que lo bueno era malo, que la luna era queso azul y que Dios necesitaba que le enviasen un montón de dinero a determinado apartado de correos, el Monje empezó a creer que el treinta y cinco por ciento de todas las mesas eran hermafroditas y luego se hundió en una depresión. El empleado de la tienda de monjes aseguró que le hacía falta otro panel matriz, pero luego indicó que los nuevos modelos mejorados Monk Plus tenían el doble de potencia; unas características multifuncionales de capacidad negativa que les permitían retener simultáneamente hasta dieciséis ideas enteramente diferentes y contradictorias en la memoria, sin que se produjeran molestos errores de sistema; eran el doble de rápidos y al menos el triple de locuaces; y podía adquirirse uno completamente nuevo por menos de lo que costaba sustituir el panel matriz del modelo antiguo.
Ya estaba. Hecho.
El Monje defectuoso fue desterrado al desierto, donde podía creer lo que quisiera, incluida la idea de que no lo hablan tratado bien. Se le permitió quedarse con el caballo, pues esos animales eran de fabricación bastante barata.
Durante muchos días y noches, que indistintamente calculaba en tres, cuarenta y tres y quinientas noventa y ocho mil setecientas tres, vagó por el desierto, depositando su sencilla fe en rocas, pájaros, nubes y en una especie de inexistente mezcla de elefante y espárrago hasta llegar a la elevada peña que, pese al hondo fervor del creyente Monje, no era de color rosado. Ni siquiera un poquito.
Pasó el tiempo.


3
Pasó el tiempo.
Susan esperaba.
Y cuanto más esperaba, más tiempo pasaba sin que sonara el timbre de la puerta. Ni el teléfono. Miró el reloj. Ya tenía un motivo justificado para enfadarse.
Claro que ya la habían puesto de mal humor, pero había sido en su tiempo libre, por decirlo así. Ahora se encontraban verdaderamente en el tiempo de él, e incluso considerando el tráfico, algún contratiempo y una imprecisión y tardanza generales, ya había pasado más de media hora del momento en que, según insistió él, empezaría a hacerse tarde para salir, así que era mejor estar preparada.
Trató de inquietarse pensando que le había sucedido alguna tragedia, pero ni por un instante lo creyó. Jamás le ocurrían cosas horribles, aunque empezaba a pensar que ya sería hora de que algo así le pasase. Si no le ocurría algo malo, tal vez se encargaría ella de que sucediese. Bueno, no era una mala idea.
Se tumbó de través en el sillón y vio el telediario. Las noticias la pusieron de mal humor. Con el mando a distancia cambió de canal y vio otra cosa durante un rato. No sabía de qué se trataba, pero también se sintió molesta.
Quizá debía telefonear. ¡Nada de eso! Si llamaba, a lo mejor él trataría de hablar con ella y su teléfono estaría comunicando.
Se negó a admitir siquiera que se le había ocurrido semejante idea. ¡Maldita sea! ¿Dónde se habría metido? ¿Y a quién le importaba dónde estuviera, a fin de cuentas? A ella no, desde luego.
Volvió a cambiar de canal. Más noticias. Todas malas. Ya estaba bien. Era demasiado. Era la tercera vez que se lo hacía. Era el colmo. Y pensar que hasta se habría ido a vivir con él si no se hubiese entrometido aquel estúpido sofá.
Furiosa, volvió a cambiar de canal. Había un programa sobre ordenadores que hablaba de algunas innovaciones interesantes en el ámbito de la música por ordenador.
Ya estaba bien. Se acabó. Era consciente de que sólo unos momentos antes se había dicho que ya estaba bien, pero ahora iba en serio, era definitivo.
Se puso en pie de un salto y se dirigió al teléfono. Cogió una agenda, la hojeó con rapidez y marcó un número.
-¿Oiga? ¿Michael? Sí, soy Susan. Susan Way. Dijiste que te llamara si estaba libre esta tarde y yo te contesté que preferiría estar muerta y enterrada, ¿recuerdas? Bueno, pues acabo de darme cuenta de que estoy libre, entera, absoluta y totalmente libre, y de que no hay una tumba en kilómetros a la redonda. Te aconsejo que espabiles y aproveches la oportunidad. Estaré en el Tangiers Club dentro de media hora.
Se puso los zapatos y el abrigo, hizo una pausa al recordar que era jueves y que debía poner una cinta nueva de larga duración en el contestador automático, y dos minutos después salía por ía puerta principal. Cuando por fin sonó el teléfono, el contestador dijo con voz dulce que Susan Way no podía ponerse al teléfono en aquel momento, pero que si el que llamaba quería dejar un recado, ella estaría de vuelta lo más pronto posible para atender el asunto. Quizá.


4
Era una tarde fría de noviembre, de las de antes.
La luna estaba pálida y descolorida, como si no debiera haber salido en una noche así. Subía con desgana y parecía un espectro enfermo. Recortándose contra ella, sombrías y brumosas entre la humedad que emanaba de los insalubres pantanos, se alzaban las torres y torretas de St. Ceddar's, en Cambridge, una fantasmal profusión de edificios de diferentes estilos construidos a lo largo de los siglos: medievales junto a Victorianos, Odeón al lado de Tudor.
Sólo al levantarse la niebla ofrecían una remota coherencia.
Entre ellas se atisbaban siluetas que se apresuraban de una tenue zona de luz a otra, tiritando, dejando rastros de aliento que se fundían en la fría noche.
Eran las siete. Muchas de las siluetas se dirigían al comedor de la facultad que separaba el primer patio del segundo; de allí procedía una luz cálida que se abría paso a duras penas. Dos de las figuras parecían armonizar particularmente mal.
Una de ellas, un joven alto, delgado y anguloso, embozado en un gran abrigo negro, caminaba como una garza ultrajada.
El otro era bajo, rechoncho, y se movía con desgarbada inquietud, como un conjunto de ardillas que trataran de escapar de un saco. Era de edad absolutamente indeterminada, tirando a viejo. Si se elegía una cifra al azar, él probablemente fuese un poco mayor, pero, bueno, resultaba imposible decirlo.
Desde luego, tenía la cara llena de arrugas, y los pocos cabellos que sobresalían de su gorro de esquiar, de lana roja, eran escasos, blancos, y tenían una idea muy particular de cómo querían peinarse. También iba embozado en un abrigo grande, pero encima llevaba una ondulante bata con un emblema de desvaído color púrpura, la insignia de su único y peculiar cargo académico.
Sin dejar de andar, el hombre de más edad llevaba toda la conversación.
Señalaba detalles de interés por el camino, pese a que estaba demasiado oscuro para distinguir alguno. El joven decía; "¿Ah, sí?", "¿De veras? ¡Qué interesante!" y "¡Vaya, vaya! ¡Santo cielo!", haciendo breves y serios movimientos de cabeza.
No entraron por la puerta principal que conducía al vestíbulo, sino por una puerta pequeña que se abría a un costado del patio y por la que se llegaba a la sala de profesores y a una antecámara de paneles oscuros donde se reunían los miembros del claustro de la facultad para palmearse las manos y emitir sonidos del tipo de "brrrrrr" antes de pasar a la mesa presidencial por su entrada particular.
Llegaban tarde y se quitaron aprisa los abrigos. Fue una operación complicada, porque el hombre de más edad a la fuerza tenía que quitarse primero la bata de profesor para luego volvérsela a poner una vez despojado del abrigo; después debía guardar el gorro en el bolsillo, pensar dónde podría dejar la bufanda antes de darse cuenta de que no la había traído, buscar el pañuelo en un bolsillo y luego hurgar en el otro para ver si estaban allí sus gafas encontrándolas de pronto envueltas en la bufanda que, después de todo, resultaba que sí había traído pero no la llevaba a pesar de la humedad y del viento que soplaba desde el otro lado de los pantanos, tan desagradable como el aliento de una bruja.
Apresuró al joven para que pasara al vestíbulo delante de él y ambos se sentaron a la mesa presidencial en las dos últimas sillas que quedaban libres, afrontando una conmoción de ceños fruncidos y cejas enarcadas por haber interrumpido los latines de la bendición.
El comedor estaba repleto aquella noche. En los meses más fríos siempre había mayor afluencia de estudiantes. Sólo rarísimas veces, en ocasiones muy especiales, estaba iluminado con velas. Ahora lo estaba. Había dos largas mesas atestadas en la tenue penumbra. Al resplandor de las velas, los rostros parecían más animados, más alegre el rumor de las apagadas voces y el tintineo de cubiertos y vasos, y en los oscuros rincones del enorme comedor parecía sentirse la presencia de todos los siglos que alumbraron su existencia. Colocada en un extremo, como el travesaño de una cruz, la mesa presidencial se elevaba unos treinta centímetros sobre el suelo. Como era la noche de los invitados, había cubiertos a ambos lados de la mesa para acomodarlos a todos, y por lo tanto muchos comensales se sentaban de espaldas al resto del comedor.
-Vaya, el joven MacDuff -dijo el profesor, ya sentado y desplegando la servilleta-, me alegro de volverte a ver, querido amigo. Estoy contento de que hayas podido venir. No tengo idea de a qué viene todo esto -añadió, lanzando una mirada de consternación en torno al comedor-. Todo eso de las velas y los cubiertos de plata. Normalmente significa una cena especial en honor a alguien o a algo que todo el mundo desconoce, pero también quiere decir una noche en la que comemos mejor.
Hizo una pausa, meditó un momento y prosiguió:
-Resulta curioso que la calidad de la comida sea inversamente proporcional a la intensidad de la iluminación, ¿no te parece? Le hace a uno pensar en las cumbres culinarias que el personal de la cocina podría alcanzar si se le confinara a la oscuridad perpetua. Merecería la pena probarlo, creo yo. En la facultad hay algunas criptas que podrían destinarse a este fin. Me parece que te las enseñé una vez, ¿no? Espléndida obra de albañilería.
Todo aquello produjo cierto alivio al invitado. Era la primera señal que daba su anfitrión de recordar ligeramente quién era. El profesor Urban Chronotis, Regio Catedrático de Cronología, o "Reg" según insistía en que le llamasen, recordaba que uno de sus colegas lo había comparado con la reina Alexandra Birdwing Butterfly, en el sentido de que era pintoresco, revoloteaba de acá para allá y, lamentablemente, ya estaba casi completamente acabado.
Cuando pocos días atrás le había llamado para invitarlo, parecía sumamente deseoso de ver a su antiguo alumno, y aquella tarde, cuando Richard llegó, con un poco de retraso, había que admitirlo, el profesor le abrió la puerta con muestras de enfado, se sorprendió al verle, preguntó si tenía problemas emocionales, mostró cierto fastidio cuando él le recordó que hacía diez años que había dejado de ser su tutor, y por fin recordó que lo había invitado a la cena, para iniciar seguidamente un rápido y detallado discurso sobre la historia arquitectónica de la facultad, indicio seguro de que tenía la cabeza en otra parte.
En realidad, Reg nunca había dado clases a Richard, sólo había sido su tutor, lo que en resumen significaba que debía ocuparse de su bienestar general, decirle cuándo tenía los exámenes, que no tomara drogas y esas cosas. En efecto, no estaba del todo claro si Reg había impartido clases algunas vez y de qué, en caso de que las hubiera dado. Los orígenes de su cátedra eran oscuros, por no decir algo peor, y como entre sus tareas didácticas se contaba la sencilla y antigua técnica de presentar a todos sus pupilos una lista de libros agotados, según él sabía perfectamente, desde hacía treinta años, para luego llevarse un berrinche si no los encontraban, nadie había descubierto cuál era la naturaleza exacta de su asignatura. Por supuesto, desde mucho tiempo atrás había tomado la precaución de retirar de las bibliotecas universitarias los ejemplares que quedaban de los libros de la lista, a consecuencia de lo cual tenia mucho tiempo para dedicarse..., bueno, a lo que se dedicara.
Como Richard siempre se las había arreglado para llevarse razonablemente bien con el viejo loco, un día se armó de valor para preguntarle qué era exactamente la Regia Cátedra de Cronología. Fue en uno de esos luminosos días de verano en que el mundo parece a punto de reventar de placer por el mero hecho de existir, y Reg estaba de un humor raramente afable mientras cruzaban el puente por donde el río Cam separa la parte más antigua de la facultad de la más moderna.
-Una sinecura, mi querido amigo, una completa sinecura -contestó rebosante de alegría-. Una pequeña suma de dinero por una cantidad muy pequeña, o inexistente deberíamos decir, de trabajo. Lo que me otorga una permanente ventaja y me proporciona una cómoda situación, aunque sobria, para pasar la vida. La recomiendo.
Se inclinó sobre el pretil del puente y señaló un ladrillo concreto que le parecía interesante.
-Pero ¿qué asignatura se supone que es? -insistió Richard-. ¿Historia, física, filosofía? ¿Qué?
-Pues -contestó Reg, despacio-, ya que muestras interés, la cátedra fue creada en un principio por el rey Jorge III que, como sabes, albergaba una serie de ideas divertidas, entre ellas la creencia de que uno de los árboles del gran parque de Windsor era en realidad Federico el Grande. La instituyó él, de ahí lo de "Regia". También fue idea suya, lo que resulta un poco más insólito.
El sol se reflejaba en las aguas del río Cam. La gente que paseaba en barca se mandaba alegremente a tomar por culo. Delgados biólogos que habían pasado meses encerrados en el laboratorio volviéndose cada vez más pálidos y adquiriendo aspecto de peces, salían a la luz parpadeando. Las parejas que paseaban por la orilla se excitaban tanto por todas aquellas maravillas que tenían que irse a casa por una hora.
-Qué inquieto era el pobrecillo -prosiguió Reg-. Me refiero a Jorge III que, como sabes, estaba obsesionado por el tiempo. Llenó el palacio de relojes y continuamente les daba cuerda. A veces se levantaba en plena noche y vagaba en camisón por el palacio, para darles cuerda. Le preocupaba mucho que el tiempo prosiguiera su marcha, ¿sabes? Le habían pasado tantas cosas horribles en la vida que le aterrorizaba el hecho de que volviera a ocurrirle alguna de ellas si dejaba retroceder el tiempo siquiera por un instante. Un miedo muy comprensible, sobre todo si uno está loco de atar como indudablemente lo estaba él, dicho sea con el mayor de los respetos hacia el pobrecillo. Me nombró, o más bien debería decir que designó mi cargo, la cátedra, ¿entiendes?, el puesto que tengo el honor de ocupar..., ¿dónde estaba? Ah, sí. Creó esta, humm, cátedra de cronología para ver si existía alguna razón especial por la cual las cosas ocurrían una detrás de otra, y si había algún medio de interrumpir la sucesión. Como a estas preguntas podía responderse, según tuve la inmediata certeza, con sí, no y tal vez, comprendí que podía pasarme de vacaciones el resto de mi carrera.
-¿Y sus predecesores?
-Pues fueron más o menos de la misma opinión.
-Pero ¿quiénes fueron?
-¿Qué quiénes fueron? Pues unos tipos estupendos, desde luego. Recuérdame que te hable de ellos algún día. ¿Ves ese ladrillo? Wordsworth vomitó ahí una vez. Un gran hombre.
Todo aquello había tenido lugar diez años antes.
Richard echó una mirada por el enorme comedor para ver si había sufrido cambios con el tiempo y, por supuesto, comprobó que no había variado en lo más mínimo. En las sombras de las alturas, que apenas se veían a la temblorosa luz de las velas, colgaban los fantasmales retratos de los primeros ministros, arzobispos, poetas y reformistas políticos, cualquiera de los cuales, en su día, podía haber vomitado sobre el mismo ladrillo.
-Bueno -dijo Reg en un sonoro murmullo confidencial, como si tratara el tema de la perforación de pezones en un convento de monjas-, me he enterado de que al fin te has colocado muy bien, ¿eh?
-Pues, bueno, en realidad sí -contestó Richard que, como a todo el mundo, le había sorprendido mucho-, sí, claro. Varios comensales, clavaron la mirada en él.
-Ordenadores -oyó musitar despectivamente a alguien sentado un poco más allá. Las miradas perdieron su fijeza y se volvieron hacia otro lado.
-Espléndido -repuso Reg-. Me alegro mucho por ti. Me alegro mucho. "Dime -prosiguió, y pasó un momento antes de que Richard comprendiera que ya no estaba hablando con él, sino que se dirigía a su otro vecino-, ¿a qué viene todo esto? -preguntó con un gesto ceremonioso, señalando las velas y los cubiertos de plata.
Su vecino, un marchito personaje de avanzada edad, se volvió muy despacio y le miró como si le molestara mucho que le volvieran a la vida de aquel modo.
-Coleridge -dijo en tono áspero-. Es la Cena Coleridge, viejo estúpido. Se volvió despacio otra vez hasta quedar de nuevo de cara a la sala. Se llamaba Cawley, era catedrático de arqueología y antropología y, a sus espaldas, solía decirse que no consideraba su asignatura importante desde el punto de vista académico, sino sólo como una oportunidad de recordar su infancia.
-Ah, sí, es verdad -murmuró Reg, con aire de estar bien informado y dirigiéndose de nuevo a Richard-. Es la Cena Coleridge. Coleridge era miembro de la facultad, ¿sabes? -añadió al cabo de poco-. Coleridge. Samuel Taylor. Poeta. Espero que hayas oído hablar de él. Esta es su cena. Bueno, no en sentido literal, claro está. Ya estaría fría. -Silencio-. Toma la sal.
-Pues, gracias, pero me parece que voy a esperar -repuso Richard, confuso. Aún no habían servido ningún plato.
-Vamos, cógela -insistió el profesor, ofreciéndole el pesado salero de plata.
Richard pestañeó de sorpresa y alargó la mano. Pero en el instante en que abrió y cerró los ojos, el salero desapareció como por ensalmo.
-Muy bueno, ¿eh? -dijo Reg mientras recuperaba el desaparecido salero de detrás de la oreja de su fantasmal vecino de la derecha, lo que provocó una risita sorprendentemente femenina en alguna parte de la mesa.
-Sé que es una costumbre muy irritante -dijo Reg, sonriendo picaramente-. La tengo en la lista de cosas que debo dejar de hacer, después de fumar y de ponerme sanguijuelas.
Bueno, eso tampoco había cambiado. Unos se hurgan la nariz, a otros les gusta golpear a ancianas por la calle. El vicio de Reg era inofensivo, aunque extraño: una infantil adicción a los juegos de manos. Richard recordó la primera vez que fue a ver a Reg para consultarle un problema; sólo se trataba de la angustia normal que periódicamente se apodera de los estudiantes, sobre todo cuando tienen que redactar trabajos, pero entonces parecía una carga siniestra y brutal. Reg escuchó sus quejas con aire de intensa atención y al fin, tras reflexionar con expresión grave, se frotó la barbilla un buen rato, se inclinó hacia adelante y le miró fijamente.
-Sospecho -dijo- que tu problema consiste en que te has metido muchos clips por la nariz.
Richard lo miró fijamente.
-Permíteme que te lo demuestre -dijo Reg.
Se inclinó sobre el escritorio y extrajo de la nariz de Richard una cadena de clips junto con una pequeña goma de borrar en forma de cisne.
-¡Ah! El verdadero culpable -anunció, manteniendo en alto la goma-. Vienen en los paquetes de cereales y dan un sinfín de problemas, ¿sabes? Bueno, me alegro de que hayamos tenido esta pequeña charla, querido amigo. Si tienes más problemas de este estilo, no tengas reparo en volverme a molestar, por favor.
No es preciso decir que Richard no volvió a consultarle.
Richard miró en torno a la mesa para ver si reconocía a alguien de sus tiempos de estudiante.
A la izquierda, dos sillas más allá, estaba su catedrático de inglés, que no daba muestras de reconocerle. No le sorprendía en absoluto, ya que Richard había pasado tres años tratando de evitarlo asiduamente, hasta el punto de dejarse barba y hacerse pasar por otro.
A su lado había alguien a quien nunca había logrado identificar. En realidad, nadie lo había conseguido. Era delgado, tenía aspecto de rata de río y una nariz larga y huesuda de lo más extraordinario; verdaderamente era largísima y muy huesuda. En realidad, se parecía mucho a la polémica quilla que ayudó a los australianos a ganar la Copa de las Américas en 1983, y tal semejanza había sido muy comentada en la época, aunque no delante de él, claro está. Nadie le había dicho nada directamente. Nadie. Nunca. El que le veía por primera vez se quedaba demasiado pasmado y desconcertado como para hacer algún comentario, y el segundo encuentro era peor debido a que habla habido un primero, y así sucesivamente. Ya habían pasado los años, diecisiete en total. En todo ese tiempo le habían hecho tácitamente el vacío. Entre los camareros del comedor se había establecido desde tiempo atrás la costumbre de colocar un juego de sal, pimienta y mostaza a su derecha y otro a su izquierda, porque nadie podía pedirle que se lo pasase, y pedírselo a quien se sentara frente a él no sólo resultaba grosero, sino completamente imposible dado que su nariz se interponía.
Tenía otra rareza, una serie de gestos que repetía continuamente todas las noches. Consistían en darse golpecitos en cada uno de los dedos de la mano izquierda y, después, en uno de la mano derecha. En algún momento se golpeaba otra parte del cuerpo, un nudillo, el codo o la rodilla. Siempre que se veía obligado a interrumpir su actividad por las exigencias de la comida, se ponía a guiñar los ojos y, de cuando en cuando, asentía con la cabeza. Desde luego, nadie se había atrevido nunca a preguntarle por qué lo hacía, aunque a todos les consumía la curiosidad.
Richard no alcanzaba a ver quién estaba sentado al otro lado de ese personaje. En la otra dirección, más allá del fantasmal vecino de Reg, estaba Watkin, el catedrático de clásicas, un hombre muy raro, tremendamente seco. Sus pesadas gafas sin montura eran cubos de vidrio casi macizos dentro de los cuales sus ojos parecían llevar una existencia independiente, como peces de colores. La nariz era bastante recta y corriente, pero llevaba la barba al estilo Clint Eastwood. Sus ojos parecían nadar en torno a la mesa mientras elegía a su interlocutor de la noche.
Había proyectado que su presa fuera uno de los invitados, el recién nombrado director de Radio Tres, que se sentaba frente a él, pero lamentablemente ya lo hablan atrapado el profesor de música y un catedrático de filosofía. Ambos se afanaban en explicar a la acosada víctima que la expresión "demasiado Mozart", fuera cual fuese la explicación lógica que se le diera, constituía un modismo contradictorio en sí mismo y que, por lo tanto, cualquier frase que lo contuviera carecería de sentido y, en consecuencia, no podía esgrimirse como argumento en favor de ninguna estrategia de programación. El pobre invitado comenzaba a apretar con demasiada fuerza sus cubiertos. Escudriñó rápidamente en busca de alguien que le rescatara y cometió la torpeza de iluminar la mirada cuando se encontró con los ojos de Watkin.
-Buenas noches -saludó Watkin con una sonrisa encantadora, asintiendo con la cabeza en un gesto de lo más amistoso y posando finalmente la vidriosa mirada en el tazón de sopa que le acababan de servir, postura de la cual no pensaba apartarse. De momento.
Que sufriera un poco aquel tipo. Quería que su rescate le valiese unos honorarios de al menos media docena de charlas radiofónicas.
De pronto, al otro lado de Watkin, Richard descubrió el origen de la risita femenina que había celebrado el juego de manos de Reg. Por sorprendente que pareciese, era una niña. Tenía unos ocho años, pelo rubio y aspecto triste. De cuando en cuando, daba displicentes patadas a la mesa.
-¿Quién es ésa? -preguntó Richard a Reg, sorprendido. -¿Quién es quién?
Richard señaló disimuladamente con el dedo en aquella dirección.
-La niña -musitó-. Aquella niña. ¿Es la nueva catedrática de matemáticas, o algo así?
Reg la miró detenidamente.
-No tengo la menor idea, ¿sabes? -dijo asombrado-. Nunca he visto nada parecido. Qué cosa más rara.
En aquel momento, el director de la BBC resolvió la incógnita al liberarse de la seminelson lógica en que lo tenían atrapado cuando le dijo a la niña que dejara de dar patadas a la mesa. La niña obedeció y, en vez de dar a la mesa, se puso a patalear al aire con redoblado vigor. El de la radio le dijo que tratara de divertirse, de manera que la niña le asestó un puntapié. Aquello introdujo un breve destello de placer en la triste velada, pero no duró mucho. Su padre explicó con detalle lo que pensaba de los canguros que dejaban plantada a la gente, pero nadie se sintió capaz de profundizar en el tema.
-Una temporada principalmente dedicada a Buxtehude -prosiguió el profesor de música- es algo que se espera desde hace mucho. Estoy seguro de que estará deseando remediar esa situación a la primera oportunidad.
-Pues..., sí, claro -repuso el padre de la niña, derramando la sopa-. Es decir, hummm. Ese no es Gluck, ¿verdad?
La niña volvió a dar otra patada a la mesa. Cuando su padre le lanzó una mirada severa, le formuló una pregunta con los labios.
-Ahora no -insistió el padre, con voz tan queda como pudo.
-Entonces, ¿cuándo?
-Luego. A lo mejor. Más tarde, ya veremos.
Malhumorada, volvió a acurrucarse en la silla.
-Siempre dices que más tarde -le dijo mohína.
-Pobrecita -murmuró Reg-, en esta mesa no hay un solo catedrático que no se comporte así de puertas adentro. ¡Ah!, muchas gracias.
Llegó la sopa, distrayendo su atención y la de Richard.
-Bueno, explícame a qué te dedicas -continuó Reg después de que ambos tomaran un par de cucharadas y llegaran cada uno por su cuenta a la misma conclusión, es decir, que no se había producido una explosión del sentido del gusto-. He oído decir que tiene algo que ver con los ordenadores y la música. Pensaba que habías hecho inglés mientras estuviste aquí, aunque sólo, según comprendo ahora, en tu tiempo libre.
Lanzó a Richard una mirada significativa por encima de su cuchara.
-Espera -prosiguió antes de que Richard tuviese siquiera oportunidad de contestar-, recuerdo vagamente que tenías una especie de ordenador cuando estuviste aquí. ¿Cuándo fue? ¿En 1977?
-Bueno, lo que en 1977 llamábamos ordenador era una especie de ábaco eléctrico, pero...
-Vamos, vamos, no le quites valor al ábaco -repuso Reg-. En manos experimentadas es una máquina de calcular muy refinada. Además, no necesita energía, puede construirse con cualquier material que se tenga a mano y nunca se estropea en medio de un trabajo importante.
-De modo que uno eléctrico sería especialmente inútil -repuso Richard.
-Exacto -concedió Reg.
-En realidad, esa máquina no hacía mucho más de lo que uno puede hacer por su cuenta en la mitad de tiempo y con menos esfuerzo -prosiguió Richard-; pero por otro lado, el aparato era muy bueno como alumno lento y de corta inteligencia.
Reg lo miró sin comprender.
-No tenía idea de que escasearan tanto. Daría con una docena sólo con tirar un panecillo sin moverme del asiento.
-No lo dudo. Pero mírelo así: ¿qué sentido tiene tratar de enseñar algo a alguien?
Esa pregunta pareció suscitar un murmullo de simpática aprobación a todo lo largo de la mesa.
-Lo que quiero decir es que si de verdad se quiere entender algo -continuó Richard-, lo mejor es tratar de explicárselo a otro. Eso obliga a ordenar las ideas. Y cuanto más lento y torpe sea el alumno, más se tendrá que reducir el tema a ideas cada vez más simples. Y ése es el verdadero fundamento de la programación. Cuando una idea se estructura paso a paso de tal modo que hasta una estúpida máquina llega a comprenderla, uno ya ha aprendido algo de la misma. El profesor siempre aprende más que el alumno, ¿no es cierto?
-Sería difícil aprender mucho menos que mis alumnos -dijo alguien con un murmullo lento en alguna parte de la mesa-, a menos que me sometieran a una lobotomía prefrontal.
-Así que me pasaba los días tratando de hacer en aquella máquina de 16 K los trabajos que podía terminar en un par de horas con una máquina de escribir, pero lo que me fascinaba era el proceso de explicar a la máquina lo que yo quería que hiciese. Prácticamente escribí mi propio tratamiento de textos en BASIC. Una simple operación de búsqueda y sustitución me llevaba unas tres horas.
-Se me olvidaba, ¿lograste terminar algún trabajo?
-Pues, bueno, no. Trabajos propiamente dichos, no. Pero los motivos de por qué no los terminaba eran absolutamente fascinantes. Por ejemplo, descubrí que...
Se interrumpió, riéndose de sí mismo.
-También tocaba los teclados en un grupo de rock, claro -añadió-. Eso no me ayudaba mucho.
-Vaya, eso no lo sabía -observó Reg-. En tu pasado hay cosas más oscuras de lo que imaginaba. Virtud, añadiría yo, que esta sopa comparte.
Con mucho cuidado, se limpió los labios con la servilleta.
-Algún día tengo que ir a decir unas palabras al jefe de cocina. Me gustaría asegurarme de que se quedan con los restos adecuados y tiran los que no valen. Bueno. Así que un grupo de rock. Vaya, vaya, vaya. ¡Santo cielo!
-Sí -dijo Richard-. Nos llamábamos "La banda medianamente buena", pero en realidad no lo éramos. Pretendíamos llegar a ser los Beatles de la década de los ochenta, pero contábamos con un asesoramiento financiero y jurídico mucho mejor del que los Beatles tuvieron jamás y que fundamentalmente consistía en "no os preocupéis", así que no nos preocupábamos. Salí de Cambridge y pasé tres años muriéndome de hambre.
-Pero ¿no me encontré contigo en aquella época y me dijiste que te iba muy bien? -preguntó Reg.
-Como barrendero, sí. En las carreteras había muchísimo que hacer, más que suficiente para toda una vida profesional, o eso creía. Sin embargo, me despidieron por quitar la porquería de un lado y echarla en la zona de otro barrendero.
Reg meneó la cabeza.
-Esa carrera no es para ti, estoy seguro. Hay muchas profesiones donde ese comportamiento conllevaría una rápida promoción.
-Probé con unas cuantas, aunque ninguna de gran importancia. No seguí mucho tiempo con ninguna porque siempre estaba demasiado cansado para hacer las cosas bien. Me encontraban dormido encima de comederos de pollos o de archivadores, según cuál fuese el trabajo. Mire, estar toda la noche delante del ordenador para enseñarle a tocar "Tres ratones ciegos" era una meta importante para mí.
-Estoy seguro -convino Reg-. Gracias -dijo al camarero que le retiraba el plato de sopa a medio terminar-, muchísimas gracias. Así que "Tres ratones ciegos", ¿eh? Bien, bien. De modo que al final lo conseguiste, claro, y eso es lo que explica tu distinguida situación actual, ¿no?
-Bueno, hay alguna cosita más.
-Me lo temía. Aunque es una lástima que no lo hayas traído. Habría animado a la pobre señorita que se ve obligada a soportar nuestra aburrida y grosera compañía. Un súbito estallido de "Tres ratones ciegos" seguramente la pondría de buen humor.
Se inclinó hacia adelante para mirar a la niña que, dos sillas más allá, seguía removiéndose en su asiento.
-Hola -la saludó. La niña lo miró sorprendida, bajó los ojos tímidamente y continuó balanceando las piernas.
-¿Qué te parece peor -le preguntó Reg-, la sopa o la compañía?
La niña rió sin ganas, débilmente, se encogió de hombros y siguió con la cabeza baja.
-Considero que eres prudente al no comprometerte a estas alturas -prosiguió Reg-. En cuanto a mí, espero a ver las zanahorias antes de emitir juicio alguno. Las llevan cociendo desde el fin de semana, pero me temo que no será suficiente. Lo único que podría ser peor que las zanahorias es Watkin. Es el señor con esas gafas tan absurdas que está sentado entre tú y yo. A propósito, me llamo Reg. Cuando tengas un momento, acércate y dame una patada.
La niña emitió una risita entrecortada y miró a Watkin, que se puso rígido e hizo un intento pasmosamente infructuoso por sonreír de buen grado.
-Bueno, niñita -le dijo torpemente, y la niña hizo un esfuerzo desesperado por no soltar una carcajada ante la vista de sus gafas.
Por lo tanto, después de eso no hubo mucha conversación, pero la niña tenía un aliado y empezó a divertirse un poquito. Su padre le dirigió una sonrisa de alivio.
Reg se volvió hacia Richard, que le preguntó de pronto:
-¿Tiene usted familia?
-Pues..., no -repuso Reg, despacio-. Pero dime, ¿qué vino después de "Tres ratones ciegos"?
-Pues, para abreviar, Reg, acabé trabajando para Tecnologías WayForward...
-¡Ah, sí! El famoso mister Way. Dime, ¿qué tal es?
A Richard siempre le molestaba un poco esa pregunta, quizá porque se la hacían a menudo.
-Mejor y peor de como le presentan en la prensa. En realidad, me cae muy simpático. A veces puede resultar un poco cargante, como todo hombre de negocios, pero lo conozco desde los primeros tiempos de la compañía, cuando ni su nombre ni el mío valía un céntimo. Es un buen tipo. Aunque lo mejor es no darle tu número de teléfono, a menos que tengas un contestador automático de tipo industrial.
-¿Cómo? ¿Por qué?
-Bueno, es una de esas personas que sólo pueden pensar cuando hablan. Cuando se le ocurre una idea, tiene que contársela a quien sea. Pero si no tiene a nadie a mano, los contestadores automáticos le sirven igual. Llama y les habla. Tiene una secretaria exclusivamente dedicada a recoger cintas de gente a quien él ha llamado; las transcribe, hace una selección y, al día siguiente, le entrega el texto resultante en una carpeta azul.
-Azul, ¿eh?
-No me pregunte por qué no utiliza simplemente una grabadora -agregó Richard, encogiéndose de hombros.
-Supongo que no utiliza grabadora -dijo Reg, tras considerarlo un poco porque no le gusta hablar solo. En cierto modo es lógico.
Tomó un bocado de su recién servido porc au poivre y lo rumió un rato antes de dejar con suavidad cuchillo y tenedor por un momento.
-¿Y cuál es el cometido del joven MacDuff en todo esto? -preguntó al fin.
-Pues Gordon me encargó que escribiera un programa importante para Apple Macintosh. Hoja de cálculo, contabilidad, esas cosas, que fuese eficaz y fácil de manejar, con muchos gráficos. Le pregunté qué quería exactamente y se limitó a contestar: "Todo. Para esa máquina quiero el mejor programa de contabilidad, el que mejor cante los números, el que mejor los baile." Y como es de natural un poco antojadizo, lo tomé al pie de la letra.
"Con una combinación de números se puede representar lo que se quiera, utilizarla para describir una superficie, modular cualquier proceso dinámico, etcétera. Y en el fondo, la contabilidad de empresas no es más que eso, una combinación de números. Así que me senté a escribir un programa que representara los números como a uno le diese la gana. Si se querían en forma de gráfico musical, la máquina lo organizaba así; si se los quería agrupar en figuras grandes o pequeñas, el ordenador las proporcionaba. Si se deseaba que de los cuadros grandes saliesen bailarinas para distraer la atención de las cifras que componían las figuras, el programa también lo hacía. O podían transformar las figuras que formaban los cuadros en, por ejemplo, una bandada de gaviotas, y su formación de vuelo y el modo en que cada gaviota movía las alas venía determinado por los resultados de cada departamento de la empresa. Estupendo para crear logotipos animados de la compañía con verdadero significado.
"Pero lo más absurdo de todo era que, si querías representar la contabilidad de la empresa como una partitura musical, también se podía hacer. Bueno, yo pensé que era absurdo. El mundo empresarial se volvió loco con ello.
Reg lo miró con gravedad por encima de un trozo de zanahoria que mantenía con delicadeza en el tenedor delante de él, pero no lo interrumpió.
-Cada aspecto de la melodía puede expresarse mediante una secuencia o combinación de números, ¿comprende? -prosiguió Richard, entusiasmado-. Las cifras pueden representar el tono y la duración de las notas, secuencias de tono y duración...
-¿Quieres decir armonías? -preguntó Reg.
La zanahoria seguía sin moverse.
Richard sonrió.
-Armonías es un término muy adecuado. Debo recordarlo.
-Te ayudaría a expresarte mejor -repuso Reg, que devolvió la zanahoria al plato, sin probarla; preguntó-: Entonces, ¿el programa funcionó bien?
-Aquí, no mucho. La contabilidad anual de la mayoría de las empresas británicas terminaron sonando como la Marcha de la Muerte de Saúl, pero en Japón se lanzaron tras él como una manada de ratas. Produjo montones de alegres himnos de empresas que empezaban bien, pero desde un criterio musical, cabría decir que al final resultan un poco chillones. En los Estados Unidos tuvo unas ventas espectaculares, lo que desde el punto de vista comercial era lo principal. Aunque lo que más me interesa ahora es lo que ocurrirá si se prescinde de la contabilidad. Transformar directamente en música los números que representa el movimiento de las alas de una golondrina. ¿Qué se oiría? No el sonido de las cajas registradoras, según asegura Gordon.
-Fascinante, enteramente fascinante -comentó Reg, llevándose al fin la zanahoria a los labios. Se volvió, inclinándose para hablar con su nueva amiga.
-Watkin pierde -sentenció-. Las zanahorias han logrado un nuevo récord de todos los tiempos. Lo siento Watkin, pero por detestable que seas, me temo que las zanahorias son las campeonas del mundo.
La niña rió con mayor soltura que la última vez y dedicó una sonrisa a Reg.
Watkin trató de tomárselo con buen humor pero, mientras sus ojos nadaban en dirección a Reg, resultaba evidente que estaba más acostumbrado a desconcertar que a que lo desconcertasen.
-Por favor, papá, ¿puedo ya?
Además de la nueva, aunque ligera, confianza, la niña había encontrado la voz.
-Más tarde-, insistió el padre.
-Ya es más tarde. Lo he calculado.
-Bueno... -repuso el padre, que se interrumpió desconcertado.
-Hemos estado en Grecia -anunció la niña con voz débil pero llena de respeto.
-¿Ah, sí? -repuso Watkin, con un leve movimiento de la cabeza-. ¿En algún sitio en particular, o sólo en Grecia en general?
-En Patmos -contestó la niña con decisión-. Es precioso. Creo que Patmos es el sitio más bonito del mundo. Sólo que el ferry nunca llega a su hora. Nunca, jamás. Lo comprobé. Perdimos el avión, pero no me importó.
-¡Ah, Patmos! Ya veo -repuso Watkin, claramente animado por la noticia-. Bueno, jovencita, lo que debes entender es que los griegos, no satisfechos con ser la cultura predominante del mundo clásico, también son los autores de la mayor, algunos dirían la única, verdadera obra de imaginación creadora que se ha producido en este siglo. Me refiero, claro está, al horario de los transbordadores griegos. Una obra de la más sublime ficción. Todo aquel que haya viajado por el Egeo se lo confirmará. Hmmm, sí. Ya lo creo.
La niña lo miró con el ceño fruncido.
-Me encontré una crátera -anunció.
-Probablemente no lo sea -se apresuró a interrumpir su padre-. Todos los que van a Grecia por primera vez creen que han encontrado una crátera, ¿no es cierto? Ja, ja.
Hubo un asentimiento general. Era verdad. Molesto, pero cierto.
-La encontré en el puerto -insistió la niña-. En el agua. Mientras esperábamos el puñetero trasbordador.
-¡Sarah! Te he dicho...
-Así es como lo llamaste tú. Y algo peor. Dijiste palabras que no creía que conocieras. De todos modos, he pensado que si todas las personas aquí presentes eran tan listas, alguien podría decirme si se trataba verdaderamente de una antigüedad griega o no. Yo creo que es muy antigua. Por favor, papá, ¿me dejas que se la enseñe?
Su padre, rendido, se encogió de hombros y empezó a buscar algo bajo la silla.
-¿Sabía usted, señorita -preguntó Watkin-, que el libro del Apocalipsis se escribió en Patmos? Pues sí. Lo escribió san Juan el Divino, como bien sabe usted. En mi opinión, ello demuestra claramente que escribió dicho libro mientras esperaba un trasbordador. Ah, sí, ya lo creo. Empieza con esa especie de ensoñación que uno tiene cuando está aburrido y trata de matar el tiempo, ¿no es verdad?, inventando cosas que poco a poco van creciendo hasta llegar a una especie de desesperación alucinatoria. Eso me parece muy sugestivo. Tal vez debería usted escribir un ensayo sobre eso.
La niña lo miró como si estuviera loco.
-Bueno, aquí está -dijo el padre, arrojando el objeto sobre la mesa-. Como verán, no es más que un jarrón. Sólo tiene seis años -añadió con una sonrisa triste-, ¿no es verdad, cariño?
-Siete -contestó Sarah.
La vasija era muy pequeña, de unos veinte centímetros de alto por quince en su punto más ancho. De volumen casi esférico, tenía un cuello muy estrecho que ascendía unos dos centímetros sobre el cuerpo. El cuello y casi la mitad de la superficie estaban llenos de barro endurecido, pero las partes descubiertas poseían una textura áspera, de color rojizo.
Sarah la cogió y la puso en las manos del decano, que se sentaba a su derecha.
-Tú pareces listo -afirmó-, dime qué te parece.
El decano cogió el recipiente y le dio la vuelta con aire desdeñoso.
-Estoy seguro -observó ingeniosamente- de que si raspamos el barro del fondo, probablemente se leerá: Hecho en Birmingham.
-¿Tan antiguo? -dijo el padre de Sarah con una risa forzada-. Hace mucho tiempo que no se fabrica nada allí.
-De todos modos -anunció el decano-, no es mi especialidad; yo soy biólogo molecular. ¿Alguien quiere echarle un vistazo?
La pregunta no fue recibida con salvajes alaridos de entusiasmo, pero la vasija fue pasando de mano en mano hasta el otro extremo de la mesa de manera un tanto vaga. Fue observada a través de lentes de cristal de roca, atisbada a través de gafas con montura de carey, mirada fijamente por encima de monturas de media luna, y de soslayo por alguien que mucho se temía haber dejado las gafas en un traje que había enviado al tinte. El rostro de la niña empezó a recobrar de nuevo una expresión abatida.
-Qué gente más rancia -dijo Reg a Richard, volviendo a coger el salero de plata y manteniéndolo en alto.
-Jovencita -dijo a la niña, inclinándose para hablar con ella.
-¡Oh, no, viejo estúpido! Otra vez, no -murmuró Cawley, el viejo arqueólogo, echándose hacia atrás en el asiento y ocultándose las orejas con las manos.
-Jovencita -repitió Reg-. Observa este sencillo salero de plata. Fíjate en este simple sombrero.
-Tú no llevas sombrero -repuso la niña, malhumorada.
-¡Ah!, un momento, por favor -dijo Reg, que fue a buscar su gorro de lana roja.
-Mira este sencillo salero de plata -repitió-. Observa este simple gorro de lana. Pongo el salero en el gorro, así, y te paso el sombrero a ti. La siguiente parte del truco, querida señorita, es cosa tuya.
Le tendió el sombrero pasándolo por delante de Cawley y Watkin, que estaban entre los dos. La niña lo cogió y miró dentro.
-¿Dónde está? -preguntó, mirando fijamente al interior del gorro.
-Donde lo hayas puesto tú -contestó Reg.
-Ah, ya entiendo -dijo Sarah-. Pues..., no es muy bueno.
-Un truco modesto -repuso Reg, encogiéndose de hombros-, pero me gusta hacerlo.
-Bueno, ¿de qué estábamos hablando? -preguntó a Richard.
Richard lo miró con una ligera sensación de pasmo. Sabía que el profesor siempre había tenido tendencia a cambiar de humor súbitamente, pero fue como si de pronto se hubiese quedado sin vitalidad.
Ahora ostentaba la misma expresión de despiste que Richard había observado en su rostro la noche en que llamó a su puerta de manera, al parecer, completamente inesperada. Reg pareció notar entonces que Richard estaba desconcertado y, rápidamente, esbozó una sonrisa.
-¡Mi querido amigo! -exclamó-. ¡Mi querido amigo! ¡Mi muy querido amigo! ¿Qué estaba diciendo?
-Pues, estaba diciendo: "Mi querido amigo."
-Sí, pero estoy seguro de que era el preludio de algo. Una especie de breve tocata sobre el tema de qué tipo tan estupendo que eres, antes de abordar el tema principal de mi discurso, cuya naturaleza suelo olvidar. ¿No tienes idea de lo que estaba a punto de decir?
-No.
-Vaya. Bueno, supongo que debería estar contento. Si todo el mundo supiera exactamente lo que voy a decir, entonces no tendría sentido que lo dijera, ¿verdad? Bueno, ¿cómo va la vasija de nuestra joven invitada?
En realidad había llegado a Watkin, que no se declaró un experto en los recipientes que los antiguos habían fabricado para beber, sino sólo en lo que habían escrito como consecuencia. Afirmó que Cawley era una persona ante cuyos conocimientos y experiencia todos debían inclinarse y trató de darle la vasija.
-He dicho -repitió- que tú poseías los conocimientos y la experiencia ante los cuales deberíamos inclinarnos. Venga, por amor de Dios, quítate las manos de los oídos y echa una mirada a esto.
Con suavidad, pero firmemente, le apartó la mano derecha de la oreja, volvió a explicarle la situación y le tendió la vasija. Cawley la examinó superficialmente pero con mirada de experto.
-Sí -dictaminó-, diría que es un jarrón de unos doscientos años de antigüedad. Muy tosco. Un ejemplo muy basto en su especie. Por supuesto, carece absolutamente de valor.
Lo depositó sobre la mesa con aire imperioso y miró hacia la antigua galería de los juglares, que, por algún motivo, parecían mirarle con reprobación.
El dictamen surtió un efecto inmediato en Sarah. Si ya estaba desanimada, aquello la deprimió por completo. Se mordió el labio y se echó hacia atrás en la silla, sintiéndose de nuevo enteramente infantil y desplazada. Su padre le dirigió una mirada de advertencia sobre su mal comportamiento y luego volvió a pedir disculpas en su nombre.
-Bueno, Buxtehude -se apresuró a añadir-. Sí, el bueno de Buxtehude. Veremos qué podemos hacer. Dígame...
-Señorita -interrumpió con asombro una voz ronca-, es usted una hechicera, una maga de poderes extraordinarios.
Todas las miradas se volvieron hacia Reg, el viejo farolero. Tenía la vasija entre las manos y la miraba con enloquecida fascinación. Se volvió hacia la niña, como evaluando por primera vez el poder de un adversario temido.
-Me inclino ante usted -musitó-. Aunque indigno de hablar en presencia de tales poderes, permítame felicitarla por una de las proezas más delicadas en el arte del malabarismo que he tenido privilegio de presenciar.
Sarah lo miró con ojos como platos.
-¿Puedo mostrar a estas personas el objeto que ha traído usted? -preguntó con seriedad.
La niña asintió sin convicción, y Reg asió la vasija, antes preciosa pero ya tristemente desacreditada, dándole un golpe seco contra la mesa.
Se rompió en dos pedazos regulares, y la capa de arcilla que la recubría se disgregó en puntiagudas escamas sobre la mesa.
Sarah miró con expresión aturdida el deslucido y manchado, aunque claramente reconocible, salero de plata, que había surgido entre los restos del jarrón.
-¡Viejo estúpido! -masculló Cawley.
Tras el menosprecio y la condena general suscitados por aquel truco barato, que no llegaron a eclipsar la admiración de Sarah, Reg se volvió hacia Richard y, como si no le diera importancia, preguntó:
-¿Cómo se llamaba aquel amigo que tenías cuando estabas aquí, le has vuelto a ver? Un individuo con un extraño nombre de la Europa del Este. Svlad no sé qué. Svlad Cjelli. ¿Lo recuerdas? Richard lo miró perplejo durante un momento.
-¿Svlad? -repitió-. ¡Ah!, te refieres a Dirk. Dirk Cjelli. No, no hemos mantenido la amistad. Pero me lo encontré un par de veces por la calle. Eso es todo. Creo que cambia de nombre de cuando en cuando. ¿Por qué lo pregunta?


[…]