CONTENIDO LITERAL

("Caminando hacia el fin del mundo", comentario de Eugenio Sánchez Arrate. Derechos de autor 1997, Eugenio Sánchez Arrate)

Caminando hacia el fin del mundo es uno de esos clásicos del género de los que todo el mundo habla pero que nadie ha leído. Recomendado por el siempre peculiar y a la vez prestigioso crítico David Pringle, en su libro Las 100 mejores novelas de Ciencia Ficción, es el típico libro que ha poseído una muy buena prensa e imagen ante el lector durante años, imagen que pocos se han parado a comprobar del único modo que puede hacerse, leyendo y juzgando después.
Ha llegado el momento de desmitificar la fama de este clásico menor que tras su lectura se queda en menor pero no alcanza la categoría de clásico.
Dejando al margen la pobre traducción que suena a castellano porteño (diga lo que diga Don Gabriel García Márquez las reglas del juego fueron creadas para respetarlas y si no, no se juega), Caminando hacia el fin del mundo es un libro amargo y opresivo en el que se nos narra la historia de varios hombres y un mujer en un viaje hacia el corazón de una sociedad, una cultura y el corazón de sí mismos.
Tras un cataclismo, los hombres culpan a las mujeres, las fems, de todos los males que desembocaron en la destrucción del mundo. Consideradas unas parias y segregadas del sexo masculino, las mujeres se convierten en una casta especial de siervos, una casta imprescindible para la supervivencia de un orden social en el que los varones han separado amor de procreación y mantienen relaciones afectivas y homosexuales sólo con personas del mismo sexo.
Fuera de la original y plausible ambientación de un futuro tan cercano como aterrador, Caminando hacia el fin del mundo es un libro tedioso, lento, sin ritmo ni cadencia narrativa, en el que todos los recursos se han sacrificado para profundizar en las consecuencias sociales, morales y personales que implica vivir en una sociedad así. Suzy McKee, una autora más que estimable, ha olvidado por completo que también hay que contar una historia en la que sucedan cosas, que existe un lector al que no deberíamos narcotizar y que para ello es necesario avivar el tempo de los acontecimientos, provocando sucesos, contando hechos, narrando incidentes, acciones, peripecias, drama interior, cambios dentro y fuera de cada personaje, etc…
Tras una relectura a conciencia, Caminando hacia el fin del mundo sigue siendo un libro tan tedioso e irregular como yo lo recordaba en la edición de Edaf; un clásico que no lo es tanto y que acaso en su día, cuando se lo comparaba con novelas mucho menos elaboradas, salía victorioso del intercambio. Hoy las cosas han cambiado. Se narra mejor, se escribe mejor y el lector especializado ya no se conforma con cualquier cosa. En total desacuerdo con el señor Pringle debo decir que Caminando hacia el fin del mundo no está entre las cien, ni entre las doscientas, ni casi entre las trescientas mejores novelas de CF de la historia. Pero para poder juzgar, léanlo primero y no se fíen de mí, ni de Pringle ni de nadie, sino de ustedes mismos, que es el mejor camino para forjarse un criterio.